El lobo de las estepas
Américo Martín
Bien sé, que a
Hesse se le traduce en español de otra
manera. Se escribe “estepario” y no “de las estepas”, pero
es que no me refiero aquí al solitario del gran novelista suizo-alemán
cuya exudación poética proviene de un luminoso encuentro con la
filosofía oriental. Tampoco a los solitarios románticos del
Far West,
a Wayne o Ladd,
emergiendo de lo desconocido -silenciosos y enigmáticos- para resolver
súbitamente, a tiro limpio, las tramas más peligrosas. La clave para
entender el tipo de relación que ha construido Francisco Alarcón con la
vida, con la poesía, es la particular forma de soledad que desde hace
años se apoderó de su alma. Francisco es “centáurico”,
en el sentido propuesto por el filólogo español don Américo Castro. El
centauro es animal y hombre a la vez, emoción y razón que coexisten
dejando al azar el momento en que predominará una sobre la otra. El
centauro es, pues, la totalidad del animal humano. Tener alma
centáurica es darse integralmente en la
obra. Alguna vez se me ocurrió utilizar ese producto intelectual de don
Américo para referirme a un entrañable amigo fallecido, Moisés
Moleiro, pasión desbordada iluminada por una
enorme capacidad para la reflexión. Francisco no es como Moisés, porque
se distancia más que se acerca, pero desde el lugar en que se coloca
envuelve la experiencia con un velo luminoso de filosofía personal y
poesía, incluso por momentos tan evanescente como la de Juan de la Cruz
quien veía al amado Señor con mil gracias derramando y, por añadidura,
vistiendo a su paso de hermosura el entorno.
Leo lo que acabo de escribir
y me sorprende. ¿Qué relación creativa puede encontrarse entre aquel
místico de enfermiza timidez y este poeta venezolano tan desgarradamente
humano? Únicamente –diría- la manera natural como sienten la poesía. La
viven casi sin darse cuenta, y no obstante que Francisco conserva formas
métricas como el octosílabo, también usadas por Juan de la Cruz y en
general por muchos bardos del Renacimiento y Siglo de Oro español, sería
casi blasfemo imaginar a San Juan valiéndose del humor para resolver
situaciones poéticas. Porque el humor hace una suave presencia en la
escritura de Francisco, al punto de vedarle el camino que lo llevaría a
ser un San Francisco. El humor salva a este solitario venezolano de la
desgracia personal, cuyas peripecias lo habrían conducido al desastre
final si no hubiese encontrado en el manantial poético y en la efímera
sensación de superioridad suministrada por el humor, las fuentes del
segundo aire que nos lo han devuelto para que asuma su destino, como es
debido.
Confieso sin embargo que
sería lamentable “salvarlo” del todo. Salvarlo, imaginarlo como un
aplicado economista al servicio de una oficina o ejerciendo docencia
reiterativa en la Universidad –consecuencias posibles de su
reintegración plena a la cotidiana relación social- sería sacrificar al
solitario poeta, filósofo y humorista que nos ha dado su “salvación a
medias” de ese infierno que gustó hasta el fondo, emborrachado en el
fuego del vino de una mujer. Así lo tenemos hoy. Libre de peligros pero
convencido de que:
“Los reencuentros
son
como los terremotos,
nos
estremecen
y
atormentan.
Volver a lo que fue
es
como regresar
a
lugares ignotos
donde
hubo pero ya no hay nada”
Estos 58 poemas reunidos
bajo el título de uno de ellos, Sueños de Agua, no guardan
un orden muy preciso, pero tienen su lógica interior. Es como un
carrusel de colores vivos y alegre música de organillo –a ratos con su
cordial monito ensombrerado- que nos pasa del octosílabo al majestuoso y
elegante endecasílabo o, sin pausa, al dodecasílabo. Ninguno de esos
metros está atado a un estado específico de alma. Iñigo López de
Mendoza, Marqués de Santillana y Conde del
Real de Manzanares, utilizaba el octosílabo para versos que creía
menores y de mero pasatiempo, y reservaba el endecasílabo para sus
producciones magnas, llenas de latinazgos y
de remedos –no puede decirse “plagios”, pues sería insultar la memoria
de un gran bardo- preferiblemente italianos. Mala pasada de la vida para
con el valiente guerrero y escritor: sus Serranillas son
lo mejor de su producción poética, en tanto que su ópera magna yace en
el olvido. El acantilado del tiempo depuró sus trabajos, dejándonos en
calidad de clásicos sólo los versos sencillos de ocho sílabas.
He hablado de “plagios”.
¿Podría incurrir en ellos Francisco al escribir esa obra exquisita, de
humor burlón, de perfecta rima externa y bella musicalidad que titula
“A una españolita”?. El que lea estos versos sabe
inmediatamente que son una parodia de “La Casada Infiel”,
obra que integra el Romancero Gitano, pero que se
convirtió en la sombra de Lorca porque en
todos los recitales se la pedían, aunque él, no sin razón, la
consideraba uno de esos poemas que se escriben en medio de la jarana y
las explosiones superficiales de la amistad rociada de vino.
A mi vez: ¿Tendré el
atrevimiento de decir que la parodia supera al original?
La Casada es luminosa y
brillante como todo lo que salía del gran Lorca,
pero no hay en ella pizca de humor, de donde podría inferirse que el
poeta como que tomó a la buena ese jugueteo erótico-varonil, propio de
los gauchos para quienes la relación con la mujer no va en serio, salvo
cuando se trata de la “santa madrecita”. Para marcar diferencia y
guiñarnos el ojo, Francisco exhibe en su “españolita” una sabrosa
combinación de pureza poética y humor amistoso pero no por eso
desprovisto de mordacidad. Poema resuelto casi perfectamente, fue como
era de esperarse recibido muy bien por la crítica.
Para mi gusto, gusto de
alguien a quien el tiempo le ha limado las hipérboles y afición a las
frases enfáticas, el buen sabor estético de “Los Sueños de Agua”
se vio interrumpido al llegar a los versos octosilábicos titulados
sospechosamente “La sociedad”. ¿Y esta recaída –pensé- a
qué se debe? ¿Se me habrá aficionado Alarcón al bambuco, el tango o el
bolero? Afortunadamente cuando creí que me asaltaría una quejumbrosa
tirada contra la alta sociedad, sus afeites y etiqueta; cuando me
dispuse a esperar una de esas andanadas que caricaturizan las fiestas de
los ricos casi conforme al esteriotipo que viene desde el fondo de los
tiempos, Francisco se encaminó por la senda de Jorge Manrique: una
nostalgia del pasado que se fue. En las insuperables Coplas a la
muerte de su padre”, en pleno siglo XV, Manrique pregunta:
“¿Qué se hizo el rey don
Juan?
Los infantes de Aragón,
¿qué
se hicieron?
¿Qué fue de tanto galán?
¿Qué
fue de tanta invención
como
trajeron?”
Pero nuestro Alarcón
tampoco cae en la reflexión filosófica, que más de cinco siglos después
no pasaría de desplante de botiquín, rociado de quejas contra el
gobierno. En su caso se trata de una modesta y muy auténtica amargura
emanada de la pared de vidrio que ha levantado con muchos de sus
semejantes.
“Dónde están los seres queridos
la
solidaridad perdida
la
voluntad del bien
y
el ejercicio de la piedad”
En estas quejas hay un
fondo limpio, no hay impostura. En parte es cierto lo que
denuncia. La modernidad ha ido rompiendo el nexo personal. La sociedad
se deshumaniza en la medida en que las complejidades y especializaciones
–única manera de sobrevivir a la escasez en un mundo
sobrepoblado- sustituyen la fraterna
vinculación ordinaria. El mundo se hace impersonal, las relaciones se
objetivan. Eso es lo que ocurre y en su infinita capacidad de
adaptación, la Humanidad se acomoda a ello y al hacerlo desarrolla su
capacidad científica, que no deja espacio a las decisiones influidas por
el afecto. Solo así ha podido avanzar. Sólo así ha podido evitar que los
insectos sustituyan al frágil animal humano en el rol de amo del
planeta. Pero este es el clima general que por supuesto no todos aceptan
de la misma manera. En Francisco, el lamento sobre la pérdida de
ciertos valores humanos tiene un motivo muy personal. La solidaridad
perdida, la voluntad del bien y el ejercicio de la piedad no han
desaparecido, tienen otra manera de expresarse. Y no es verdad, Jorge
Manrique, que
“… a nuestro parecer
cualquiera tiempo pasado
fue
mejor”
Ya el propio Francisco nos ha
dicho que volver a lo que fue es como regresar a lugares donde hubo pero
ya no hay nada. ¿En verdad hubo? Esmaltar el pasado por dificultades de
relación con el presente es una pulsión incontenible tanto en Manrique
como en Alarcón. Lo que ocurre es que vivir es construir, descubrir,
vencer dificultades y humanizar siempre el entorno. Algunas
circunstancias dibujan dificultades extremas que se interponen, frente a
las que hay la tentación de rebotar a un pasado de añoranzas
embellecidas que se alejan de la verdad. Entre esas circunstancias,
imposible ignorarlo, el asfixiante y perverso clima político. Desde el
poder se exhibe una arrogancia cínica, una despiadada ruptura con el ser
humano y un solo y central objetivo de perpetuación a cualquier costo.
Esa realidad venezolana de hoy se aparece a la vista como óbice
agobiante que desanima el esfuerzo genuinamente transformador.
Francisco, fuente iluminada, antorcha de
poesía, navega como en un mundo de fantasmas que ve pero no puede tocar.
La poesía y el humor en él son irresistibles porque son los remos que lo
impulsan en la soledad del lago, los lazos que le permiten reencontrarse
con sus amigos, con la asombrosa belleza de las cosas, le permiten
además llenarse de propósitos, alegrarse cuando obtiene reconocimientos
espontáneos y luchar por establecerse en la muy noble República de las
Letras.