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La
más grande de las revoluciones del espíritu es la asociada con el
Renacimiento, un vasto movimiento de curiosidad . Liberarse de la tutela
divina y fundar un mundo centrado en el hombre, fue un salto en la
humanización de la Historia. Por eso, cada uno de los grandes avances en
el conocimiento representó un eslabón en la permanente lucha por la
libertad, fuego prometeico en el fondo del corazón del animal humano. Si
ese ser famélico, físicamente débil, respondía ahora por el destino del
planeta, la duda por desentrañar la verdad y adquirir certidumbre se
convirtió en el punto de partida de la cultura y se entendió que no había
una meta final en la evolución ni las verdades consagradas podían tampoco
considerarse definitivas, como cuando el mundo giraba alrededor del dogma
divino. El hombre es un libre creador que ha postulado incluso el mundo
sobrenatural. Por supuesto, esa libertad irrefrenable podía desembocar en
la destrucción de la especie, y por instinto de conservación, nacieron los
intentos de sujeción. La humanidad ha vivido más del tiempo que sus
posibilidades naturales le permitían, por esa doble razón: la libertad
para crear mejores condiciones de vida, y el freno de esa libertad para
impedir que el entusiasmo de la creación sin límites, como caballo
desbocado, la precipitara en un abismo. La libertad pugna por avanzar
hasta el infinito, y las reglas son el abrigo protector. Entre esos diques
y sus rupturas ha avanzado el pensamiento, siendo en principio ambos
aspectos, dique y ruptura, necesarios y éticamente aceptables, por obra de
la dialéctica de la espada que permite desentrañar el futuro y el escudo
que preserva lo obtenido. El Renacimiento nos llevó a retomar las formas
clásicas de la Antigüedad panteísta (la liberación de la sujeción divina)
y convirtió en arquetipos de la modernidad a Virgilio, Horacio,
Aristófanes, los grandes trágicos griegos y los escultores y arquitectos
greco-romanos.
Pero también reaparecieron las reglas clásicas (la verosimilitud, las tres
unidades, la distinción de los géneros), un todo armónico entre la
libertad y el control. La vanguardia del siglo XX –independientemente de
la calidad de las obras- expresa una ruptura de las reglas prevalecientes,
en nombre de la libertad. Habiéndose hecho sofocante el modelo clásico,
surgió el romanticismo, que es de nuevo una expresión de libertad. El
modernismo, el simbolismo y el ideal del arte por el arte nos sustraen del
romanticismo para proyectar la cultura a expresiones más amplias mediante
el uso audaz de un lenguaje enriquecido. Pero también los parnasianos y
modernistas resultaron a la larga insuficientes para contener la expansión
libertaria y he aquí que revientan las formas y surgen el ultraísmo, el
surrealismo, el cubismo, el existencialismo, los versos malditos
presurrealistas de Lautreamont, Apollinaire, Ezra Pound. Por eso, lo que
en un instante determinado representó un momento de expansión libertaria y
de desarrollo cultural, pasó a ser un freno moderador necesario, hasta que
lo necesario se trastocó en innecesario, abriendo así el pórtico de las
rupturas. Bajo ese criterio, se orienta la presente selección. Más que la
calidad individual de la obra, que puede incluso ser inferior a la de
poetas extraordinarios no mencionados en esta ocasión. Es, si se quiere,
una muestra de Poemas, más que de poetas, aunque no sea posible
apreciarlos sin hablar de sus autores y la circunstancia que los impulsó a
escribir. De allí que estén precedidos de un breve análisis sobre autores
y época.
En la primera parte de este ensayo los poemas seleccionados son de Andrés
Bello, Juan Antonio Pérez Bonalde y José Antonio Ramos Sucre. Ninguno de
los tres es ubicable en una sola corriente literaria. Todos llevan en sí
elementos de varias escuelas, a los que me referiré en su momento. Pero
además, el clasicismo de Bello, en una era de predominio romántico pudo
haber sido tomado como un patético anacronismo mucho más debido a la
impetuosa crítica del volcánico Sarmiento, y sin embargo se mantuvo
enhiesto, lo que habla de sus auténticos méritos literarios y de la serena
voluntad del sabio caraqueño. Pérez Bonalde es romántico en una
circunstancia extraña. Había una fuente torrentosa propicia al
Romanticismo impulsada por la Independencia, el estilo inflamado y el tono
épico de los libertadores (que se filtró al ciudadano común y aún se
descubre ¡170 años después! en el lenguaje anacrónico de ciertos políticos
y gobernantes) y sin embargo, el Romanticismo hispanoamericano fue en
buena medida un trasplante de Europa. Todavía más, del viejo Continente el
modelo seguido fue el inglés de Byron, el alemano-francés de Heine. Ángel
de Saavedra (Duque de Rivas), José de Espronceda y José Zorrilla, para no
hablar sino de poetas, encarnaban con probidad el Romanticismo español. Lo
lógico es que hubiera sido ésta la influencia predominante, pero la
calidad de Byron y Heine era superior, en tanto que probablemente
subsistiera en alguna forma el absurdo prejuicio hacia lo español,
cultivado en medio de los atabales del triunfo de las armas patriotas, en
un esfuerzo más o menos delirante por proyectar la emancipación política
al plano de la cultura. Pérez Bonalde, así como el uruguayo Juan Zorrilla
de San Martín sobrevivieron a estas fuerzas encontradas, mediante
composiciones líricas que permiten hablar de un Romanticismo
hispanoamericano, si no abundante, sin duda auténtico.
A José Antonio Ramos Sucre ni siquiera, a mi entender, podría
considerársele en su totalidad un poeta. En su Obra Completa, breve como
fue breve y atormentada su vida, diría que más del cincuenta por ciento de
sus escritos pertenece a otros géneros: ensayo, hermenéutica literaria,
epigrama y greguería; el resto tiene valores líricos suficientes para
clasificar como poesía. Y en este caso, se trata de poesía en prosa, lo
que deja a un lado cualquier sometimiento a metros castellanos y a rimas,
todavía abundantes en su tiempo. ¿Era un claro representante del
Modernismo? Diría que no, pero predominan más los factores que obligan a
considerarlo de esa corriente, sobre los que lo acercan a la vanguardia o
lo hacen retroceder al Romanticismo. Personaje de transición, rompe con
fuerza los moldes preestablecidos y por eso puede haber sido un puente
conductor de la lírica hispanoamericana a los hallazgos del surrealismo,
el dadaísmo y otras expresiones de la vanguardia. Por su particular
colocación en medio del choque entre la espada y el escudo, se incluyen
dos breves trabajos de Ramos Sucre, extraños, expresivos del autor, y de
preciosa urdimbre.
Se me sugirió inicialmente hacer una Antología de poetas venezolanos. Pero
ya hay varias omnicomprensivas. Preferí, alejado de pretensiones
antológicas, enfocar mi trabajo hacia obras que, a mi criterio, hubieran
sido hitos importantes –más allá de un asunto de justicia: quedan por
fuera no pocas de tanta calidad como las seleccionadas- en el devenir de
la lírica. De todas maneras, la buena calidad de los incluidos está fuera
de duda y así -me parece- queda demostrado en lo que sigue.
Aparecen en la segunda parte, un clásico de Vicente Gerbasi, uno de los
más altos exponentes del célebre y renovador Grupo Viernes y de la poesía
toda hispanoamericana. Y aquí hube de hacer, debido al dominio irradiante
de Gerbasi sobre el campo próximo, la dolorosa exclusión de obras de Otto
De Sola, y antes de Fernando Paz Castillo y después de Juan Liscano, que
podrían publicarse en el marco de lo que se propone este ensayo. Se
incluyen además poemas de varios escritores que emergieron con fuerza
después de la caída de la dictadura de Pérez Jiménez, agrupados en Sardio
y Tabla Redonda, la más numerosa y brillante floración lírica en nuestra
historia (que también incluyó a pintores y narradores como Jacobo Borges,
Mateo Manaure, Régulo Pérez, Adriano González León, Salvador Garmendia,
Rodolfo Izaguirre, Héctor Malavé Mata, o historiadores de la calidad de
Manuel Caballero y el también poeta Jesús Sanoja Hernández, alma de Tabla
Redonda y después de En Letra Roja). He seleccionado una obra que
considero memorable de Rafael Cadenas, totalmente consciente de que bien
pudiera haber mencionado las de otros autores, con parecido resultado, a
saber: de Ramón Palomares en El Reino, o Paisano; de Hanni Ossot, en su
centro fuegos y aguas, mar rasgando la tierra, Yolanda Pantin, diciéndonos
del libro paisaje inacabado y la letra obsesión abominable; el sólido
poeta Eugenio Montejo, ¡cuánto lo comprendo cuando siente que viajan con
él sus amigos muertos!; Luz Machado recordando a Melville y Moby Dick;
Alfredo Silva Estrada, en la casa que respiramos y nos respira, Guillermo
Sucre, y los cuerpos que dan gracias al alma o Rafael José Muñoz y su
hermoso soneto al valle de Guanape.
La tercera y última parte, ofrece una panorámica de claras voces líricas
en nuestra literatura, son poemas representativos que me han impresionado
especialmente, de Teresa Coraspe y Francisco Alarcón “antorcha iluminada
de poesía” como lo he llamado en el prólogo a uno de sus libros. Vacilé
también en la escogencia porque los poetas significativos con un aporte
estimable constituyen una gran y esforzada legión. Se trata, repito, más
que de la calidad de sus versos –pero por supuesto, también de ella- del
lugar que, de grado o por fuerza, consciente o inconscientemente, están
ocupando lentamente en el panorama nacional y eventualmente hemisférico.
Pero he dejado un espacio para la poesía juglaresca, tan decisiva en la
formación de ciertos valores inconfundibles del venezolano. Andrés Eloy
Blanco, Alberto Arvelo Larriva, Aquiles Nazoa, Rosas Marcano y no digo
Miguel Otero Silva porque se separó en fecha temprana de la actividad
poética, salvo un regreso incidental para hacer la Elegía a la muerte de
Andrés Eloy, su compañero en las lides del humor, que es una fuente
inextinguible de la cultura nacional.
Américo Martín
diciembre 2005
Deposito legal: If25220049003384
ISBN: 980-12-1036-2
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